Hay preguntas que ya sabemos que Dios respondió, pero que insistimos en repetir esperando una respuesta distinta. Eso fue justo lo que le pasó a un profeta llamado Balaam en Números 22. Dios ya le había dicho que no, pero la oferta de riqueza y honra era tan grande que terminó cegándolo por completo. Tanto, que ni siquiera pudo ver al ángel del Señor parado en medio de su propio camino. Su burra sí lo vio. Él no.
- Dios ya le había dicho a Balaam que no fuera con los mensajeros de Balac, pero él insistió en preguntar de nuevo, esperando una respuesta distinta.
- El deseo de riqueza y reconocimiento cegó tanto a Balaam que ni siquiera pudo ver al ángel del Señor parado en su camino. Su burra lo vio antes que él.
- Dios le abrió los ojos por pura misericordia, antes de que Balaam se destruyera a sí mismo y su ministerio.
- Tener sueños y deseos no es pecado, pero deben someterse a la voluntad de Dios, no disfrazarse de causas piadosas para justificarlos.
- Buscar primero el reino de Dios y su justicia es la única forma de que nuestros deseos dejen de cegarnos.
Un pueblo que nadie podía maldecir
El pueblo de Israel acampaba junto al río Jordán, frente a Jericó, después de derrotar a los amorreos. Balac, rey de Moab, vio lo que había pasado y sintió pánico: eran cerca de dos millones de personas acampando alrededor de su territorio, frente a un reino que probablemente no llegaba ni a doscientos mil habitantes. Su única salida, pensó, era contratar a un profeta reconocido para maldecir a Israel.
“Ven, pues, ahora te ruego, malдíceme este pueblo, porque es más fuerte que yo.” — Números 22:6
Lo que Balac no sabía es que ese pueblo ya llevaba una bendición encima, una promesa hecha siglos atrás a Abraham: el que te bendiga será bendito, y el que te maldiga será maldito. Balaam iba a intentar algo imposible desde el principio.
Cuando Dios dice que no, pero seguimos preguntando
Los mensajeros de Balac llegan donde Balaam con la propuesta. Él consulta a Dios, y la respuesta es clara:
“No vayas con ellos… porque el pueblo es bendito.” — Números 22:12
Balaam despide a los mensajeros. Pero Balac no se rinde: envía una segunda delegación, más numerosa y más honorable, con una oferta todavía mayor. “Lo que me digas, haré.” Y aquí Balaam hace algo que quizás también hemos hecho nosotros: ya sabía la respuesta, pero volvió a preguntar, esperando que esta vez fuera distinta.
“Aunque Balac me diese su casa llena de plata y oro, yo no puedo traspasar la palabra de Jehová mi Dios… Os ruego, por tanto, ahora, que reposéis aquí esta noche, para que yo sepa qué me vuelve a decir Jehová.” — Números 22:18-19
Dios ya había hablado. Pero cuando el corazón ya quiere algo, seguimos “confirmando” con Dios, con la esperanza de escuchar lo que queremos oír.
La burra que vio lo que el profeta no vio
Dios le permite ir, con una condición: hará solamente lo que Dios le indique. Pero en el camino, el ángel del Señor se pone frente a Balaam con espada desnuda, y quien lo ve primero no es el profeta, sino la burra sobre la que va montado.
Tres veces la burra se aparta del camino, se pega contra una pared y finalmente se echa al suelo. Y tres veces Balaam, sin bajarse siquiera a revisar qué le pasaba al animal, la golpea con furia. Un profeta que hablaba directamente con Dios no pudo ver lo que su propia burra sí veía con claridad.
“Desde que yo estoy contigo, ¿cuántas veces te he hecho esto?” — la pregunta de la burra a Balaam, Números 22:30
Cuando el deseo nos toma, nos ciega al punto de que puede presentarse el mismo Dios en nuestro camino y no lo vamos a ver. A veces Dios usa a alguien inesperado, un empleado de banco, un amigo, una circunstancia que se atraviesa una y otra vez, para advertirnos de algo que nosotros, cegados por lo que anhelamos, no logramos ver.
Por qué Dios, por misericordia, le abrió los ojos
Dios no tenía ninguna obligación de abrirle los ojos a Balaam. Pudo dejar que siguiera de frente, que se estrellara, que perdiera su ministerio y su reputación por intentar maldecir a un pueblo que Dios ya había bendecido. En cambio, decide detenerlo antes de que se destruyera a sí mismo.
“Entonces Jehová abrió los ojos de Balaam, y vio al ángel de Jehová que estaba en el camino, y tenía su espada desnuda en su mano; y bajó la cabeza, y se postró sobre su rostro.” — Números 22:31
Ese es el corazón de Dios: aunque estemos tan cegados por nuestros propios deseos que no queramos ver lo que Él quiere hacer, Él interviene y nos abre los ojos. No porque lo merezcamos, sino porque nos ama.
Deseos que se disfrazan de causas piadosas
Todos tenemos anhelos: prosperar, ser reconocidos, tener una casa, alcanzar un sueño. Ninguno de esos deseos es pecado en sí mismo. El problema aparece cuando empezamos a vestirlos de causas piadosas para justificarlos. “Señor, dame dinero, que te prometo que si soy rico voy a ayudar a los pobres.” “Quiero ser viral para que la gente conozca a Jesús.”
Jesús fue muy claro con lo que realmente pide de nosotros:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo…” — Mateo 16:24
Negarnos a nosotros mismos significa renunciar a nuestra propia agenda, a lo que anhelamos lograr. No para vivir sin propósito, sino para someter ese propósito a la voluntad de Dios en vez de disfrazar nuestra voluntad de piedad.
Buscar primero el reino de Dios
El llamado de Jesús no es a cumplir nuestros sueños, sino a buscar primero su reino:
“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” — Mateo 6:33
Ese reino trae libertad genuina, no la que el mundo promete. Cristo pagó con su vida una deuda que nosotros nunca hubiéramos podido saldar, y esa es la libertad que hoy podemos vivir y compartir con otros. No fuimos creados para cumplir nuestros propios deseos, sino para vivir en la voluntad de Dios. Y ahí es donde encontramos lo que de verdad anhelábamos.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa que Dios “le abrió los ojos” a Balaam?
No se trata de una ceguera física, sino espiritual: Balaam podía ver perfectamente con sus ojos, pero su deseo de riqueza y honra le impedía reconocer al ángel del Señor parado frente a él. Cuando Dios “abre los ojos” en este pasaje, restaura su capacidad de ver la realidad espiritual que estaba ignorando por conveniencia.
¿Es pecado tener sueños o deseos?
No. Ninguno de los tres ofrecimientos que recibió Balaam, honra, riqueza, autoridad, era pecaminoso en sí mismo. El problema no es tener deseos, sino permitir que esos deseos se conviertan en lo que gobierna nuestras decisiones, incluso por encima de lo que Dios ya dejó claro.
¿Cómo sé si mis deseos me están cegando?
Una señal clara es cuando ya conocemos la respuesta de Dios, pero seguimos “consultando” esperando que cambie. Otra es ignorar advertencias repetidas: las “burras” que Dios pone en nuestro camino, una persona, una puerta cerrada, una circunstancia que se repite una y otra vez.
Una invitación
Si sientes que hay un deseo que te ha estado cegando, hoy es un buen momento para pedirle a Dios que te abra los ojos, igual que se los abrió a Balaam. Te esperamos el próximo domingo — planea tu visita — y explora más predicas de esta serie en cfecali.com.